He decidido, después de un tiempo, compartir mi pena, para todos aquellos que están llorando aún la triste ausencia de sus mascotas.
Mi gatita murió hace 6 meses, bajo injustas circunstancias, en el patio de su propia casa, bajo la supuesta seguridad que ella había aprendido a sentir, y bajo el cariñoso cuidado de sus devotos dueños, nosotros.
Mi gata la Mimi fue una buena gata. Llegó de la casa del vecino y nunca quiso irse, aunque la devolvimos varias veces. Pero finalmente se quedó con nosotros. Era linda y cariñosa, tenía muchas rutinas, especialmente con mis padres, quienes son independientes y trabajan desde la casa. Pero ella dormía conmigo casi todas las noches. Esa era la rutina que compartíamos. Dormía en un rincón de la cama y me despertaba para que le abriera la ventana. Me acostumbré a nunca dormir de una, porque ella religiosamente empezaba a maullar para salir.
La noche anterior a su muerte, quiso salir y yo le abrí la ventana media dormida. Al otro día no llegó. Mi mamá preocupada me dejó el encargo de buscarla, yo asumí que volvería pronto, ella pocas veces se desaparecía y siempre hacía caso a nuestros llamados, pero no era un evento tan extraño.
La buscamos con mi pololo por toda la casa y empecé a preocuparme. Encontramos rastros de pelo y sangre pero asumimos que podría ser un conejo, aunque dentro mío yo algo ya estaba percibiendo, no era pelo de conejo, era pelo de gato, era pelo de mi gata.
La encontramos al rato después, y ha sido una de las imágenes más dolorosas que me ha tocado vivir. A mi gata la mató un perro. Uno de los tantos perros de nuestros vecinos que se meten a mi casa de noche. Esperamos todos que haya sido una muerte rápida y sin dolor, nunca supimos a qué hora fue, qué perro fue, que pasó, porque no corrió, porqué no escapó. Esas son preguntas que nunca jamás podremos responderlas.
Al menos nos consolamos pensando que nunca vimos sufrir a nuestra gata con enfermedades ni hospitalizaciones que tanto asustan a los animales, no la vimos viejita, no la vimos en las últimas, no tuvimos que decidir sobre su muerte. Nuestra gata quedó en la memoria como siempre ágil y joven, siempre contenta y autosuficiente, siempre cariñosa, siempre ella misma.
Espero que lo último que se llevó en su memoria no haya sido su horrorosa muerte, sino el amor de nosotros que la quisimos lo máximo que pudimos y que daríamos cualquier cosa por tenerla con nosotros de nuevo.